
Quienes no apoyamos ni las políticas ni la mayoría de las acciones de la administración pasada y la presente, y que calificamos la ética de ambas como frágil sino es que omisa, vivimos hoy un dilema.
La administración de Laura Chinchilla, pero principalmente Costa Rica, atraviesa momentos delicados. Y la razón de esto no es que un “popularímetro” esté en rojo.
Los que están en rojo son los indicadores de las finanzas públicas, la sostenibilidad de la CCSS, los indicadores de seguridad ciudadana y uno esperaría que la actualidad de los anteriores no distraiga del todo la atención sobre otros que tienen tendencia a deteriorarse en bloque como el índice de desigualdad y la pobreza misma.
Así las cosas, el dilema es el siguiente:
Si en campaña doña Laura propugnó el Adelante sin comprometerse con impuestos, pero ahora todo lo condiciona a eso, si la mesa en verdad estaba tan bien servida como en teoría la dejó Oscar Arias, pero vemos todo lo contrario, si “el Seguro está seguro” como repitió Eduardo Doryan desde la Presidencia de la CCSS pero la crisis no la puede tapar ya nadie; y si todo ese desfile de poses y farsas le valió a doña Laura más del 40% de los votos emitidos en la elección, pues muchos se sienten tentados a pensar que tal vez esto es lo que Costa Rica se merece.
Ahí están los responsables al alcance de la mano y de la historia, y a la larga, más de lo mismo fue lo que quiso el electorado. Pues bien, muchos tenderán a decir como se ha puesto de moda: tome pal pinto, y no queda nada más que apechugar por tres años más.
Sin embargo, y por más que esta postura tenga en parte verdad y algo de justicia poética, si se asume para la acción o la inacción política, la que pierde es Costa Rica.
El desastre está ahí, pero quienes lo sufren son los asegurados, las personas enfermas, los ciudadanos asustados y las víctimas de la violencia y de la inseguridad, y las personas más vulnerables golpeadas por la pobreza y la falta de inversión social.
Y si bien es esencial en una democracia sentar responsabilidades, lo cuál deberá ocurrir, lo cierto es que los costarricenses lo que están buscando son soluciones. Y es ante esto a lo que debemos responder.
La oposición debe trascender el señalamiento de los errores ―tarea que tiene material para prolongarse ad infinitum, para muestra un René Castro― y debe convertirse en catalizador de las soluciones. La oposición desde la Presidencia del Congreso encabezada por Juan Carlos Mendoza de Acción Ciudadana, y desde otros espacios, debe tender la mano al Poder Ejecutivo para ofrecerle las respuestas y desarrollar los procesos que demanda la ciudadanía y que la administración no ha tenido, ni ha sabido generar.
El principal patrocinador político de Laura Chinchilla, cómodamente, le ha dado la espalda como si el naufragio nada tuviera que ver con él, y su partido está ya fragmentado en la repartición hipotética de 2014. Laura Chinchilla puede salvar su administración si hace un giro poco ortodoxo, por lo menos para estándares del PLN, y busca no solo dialogar por dialogar, sino conseguir acuerdos concretos con la oposición.
Este esfuerzo requiere a su vez de generosidad de parte de la oposición, en la medida de que debe asumir aún más la cuota de responsabilidad que le otorga el control del Congreso y debe proyectar su visión para Costa Rica, y también de parte de la administración y del PLN, en reconocer que necesita ayuda.
A fin de cuentas, la ganadora sería solo una, la hasta ahora más perjudicada: Costa Rica.
(En la foto, un line-up que da miedo...)
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